14.- San José Casas Caídas

14.- San José Casas Caídas
Ardiente mediodía de junio. Brazadas de luz encienden la lejanía que llamea al latigazo ardiente. Unos campesinos esperan con ansia las lluvias, mientras otros se angustian de pensar que esas llamas arruinarían este horizonte de espigas a punto de la siega.
En dedicación y entrega de habitantes de un listado de antiguas haciendas han convertido el valle en una dilatada extensión de oro y luz, así, San José Casas Caídas que se aferra a su nombre original.

Estamos en la época de siega. Antes de que se inicie la temporada de lluvias se hace el corte de trigo que creció y se hinchó de grano rollizo y moreno, en los ardores del sol y en el  riego oportuno.

Noticias alentadoras hacen saber que mientras la cosecha del año pasado fue tan exigua que México necesitó importar mil toneladas de trigo, ahora el faltante nacional será de unas ochocientas toneladas.

Será o no, lo cierto es que la zona triguera que se localiza por el rumbo de la Barca a  Atotonilco, muestra un horizonte infinito de trigales en dorada plenitud.

Es un medio día ardiente de junio. Brazadas de sol encienden la lejanía que tiembla y llamea al latigazo ardiente. Y mientras unos campesinos esperan con ansia el inicio de la temporada de lluvias y velan en el cielo la aparición de una nube borrosa, estos hombres arrugan el semblante y ven con angustia los anuncios de la lluvia que vendría a arruinar la cosecha a punto de su recolección.

Hemos venido hasta este pueblecito olvidado en los mapas, que está significándose cada vez más por sus rendimientos agrícolas, especialmente en trigo, cártamo, sorgo, maíz, garbanzo y algunos tipos de hortalizas.

El mapa se olvidó de San José Casas Caídas que ahora resume en su historia y en su avance agrícola, la grandeza que a su tiempo alcanzaron por aquí las haciendas del Carmen y Santa Rita de las cuales hoy sólo queda la herrumbre de algunos muros caídos y unos tapiales olvidados, mientras se afirman cada vez en su poderío económico, este San José y los poblados de Tarengo, Margaritas, Carretas, El Gobernador, Rancho Viejo y el de Gabriel Leyva, en los registros oficiales, porque los habitantes de él pelean y se aferran al nombre original de El Chorreado. El mismo San José Casas Caídas se empeña en conservar su nombre así contra la iniciativa de un sacerdote que quiso llamarlo San José de la Unión.

La dedicación sincera, en abnegada entrega al trabajo de estas gentes, ha convertido el valle en un huerto florido, en fértil emporio de cultivos, ayuda muy importante en el índice de cosechas que registra anualmente el Estado de Jalisco.

Don Lorenzo es el dueño de estos trigales. Treinta hectáreas se mecen al sordo viento de este mediodía. Las espigas, oro y luz, estallan al fuego ardiente. Y don Lorenzo angustiado, teme la presencia de las lluvias que arruinarían su cosecha y lo dejarían en comprometida situación frente a los elevados créditos de que requirió. Tanto esfuerzo, tanto trabajo, tanto dinero “para que ahora fuera llegando la lluvia y lo echara todo a perder. Ni la mande Dios”.

Don Lorenzo hace recuerdos de los tiempos de auge en las haciendas mencionadas. Dice que no hay comparación entre aquello y esto, aun cuando no desconoce los rendimientos agrícolas, la abundancia de recursos de que disponían los dueños de El Carmen y Santa Rita, el trabajo y la aparente bonanza de que disfrutaba el vecindario…

“No, aquello no puede compararse con esto. El beneficio de las tierras quedaba en unas cuantas manos, mientras ahora se reparte y favorece a muchas familias. Que antes no le faltaba a uno nada, bueno, puede que sea cierto, pero a qué costo”.

Don Lorenzo está decididamente a favor de la Reforma Agraria y con expresiones de concentrada acritud condena los excesos de los hacendados.

Nuestro amigo es un hombre trabajador que con sincera entrega al trabajo, con espíritu de ahorro, ha llegado a convertirse en un próspero agricultor. Nos cuenta don Lorenzo que hace muchos años, en los lejanos años de su infancia no tenía él nada, que se ganaba la vida vendiendo naranjas en una canastita. Empezó a trabajar en los Estados Unidos, estuvo yendo por varios años y ahorró todo lo que pudo hasta que compró una pequeña porción de tierra que trabajó con denuedo, y con la ayuda de sus hijos, también afanosos como él, y también encariñados con la tierra, logró lo que ahora tiene: esta inmensa lejanía de trigo, y vacas de ordeña, y caballos, y gente que trabaja con él a la que por cierto trata en condiciones mucho más ventajosas que las que pudieron tener para sus peones los antiguos hacendados.

Insiste en la mejora general del campesino, trae nombres, cita casos particulares, hace recuerdos…

“Mire, se lo voy a poner muy fácil. Ora verá: el otro día con esto de la fiesta de San José, vinieron muchos juegos y veíamos aquí mi compadre Alberto Fregoso y yo, una de esas estramancias que se usan en las ferias; que la ola, que sabe qué; una cosa a vuelta y vuelta. Y dice mi compadre, ¿cómo ves? A dos pesos la vuelta. Cualquier criatura trae dos pesos en la bolsa y se los gasta en esa diversión. Dos pesos de ahora, como dos centavos de aquel tiempo. Para que veas dónde vamos ahorita.

“Yo le dije a mi compadre, sí está bien, pero piensa que entonces era más trabajoso conseguir dos centavos que ahora dos pesos. Y mi compadre que ya está anciano y vivió más a fondo aquello que yo: sí Lencho, eso sí. Yo en aquel tiempo no tenía ni para huaraches y ahora tengo dos pares de zapatos; y mírame de pantalón, y antes anduve de puro calzón. Dicen que ahora está muy trabajoso el dinero, que la carestía y todo eso, pero no, la gente vive más a gusto, tiene más de que vivir que antes”.

Nos refiere don Lorenzo el testimonio de su compadre el tal Alberto Fregoso y abunda en otros datos personales, en experiencias vividas.

Afirma que en aquellos tiempos los poderosos no dejaban que una familia tuviera más de dos vacas. Cuestiones de agostadero, acaparamiento de tierras que no dejaban oportunidad a la generalidad de los vecinos de criar animales. Y hoy, asegura, no hay familia que no tenga tres, cuatro, ocho o diez vaquitas. Y termina casi exaltado: “No, aquellos tiempos fueron muy duros, a pesar de que no faltara trabajo, a pesar de que hubo buenos patrones que se preocuparan de que no les faltara nada a sus peones, nomás hay que acordarse de la tiranía y de las palizas que le daban a aquel que por borrachera, póngale usted, o por lo que fuera, llegaba a faltar un día al trabajo…”

Han empezado a formarse por el lado de La Barca unos girones blancos, casi trasparentes, y ha empezado a aletear un airecillo blando que mueve las espigas cargadas con el peso de su granada morena, bien henchida.

Oímos la charla de don Lorenzo como en una sordina, como en un rumor lejano que se apaga al bochorno mareante de este sol de junio, y nos quedamos embelesados en “el signo sutil que los dedos del viento hacen al agitar el tallo que se inclina y se alza en una rítmica virtud de movimiento”.

“Que no vaya a llover. Ánimas benditas que no vaya a venirse el agua antes de que entre la máquina a trillar todo esto. Será cuestión de unos ochos días, con eso tenemos. Ánimas benditas”.

Don Lorenzo se expresa angustiosamente cuando vuelve la vista a los vapores lejanos que por aquel rumbo empiezan a levantarse en grácil vellón que pudiera convertirse en aguacero.

Pensando en los riesgos tan grandes que viven estos hombres en las eventualidades que pueden hundir al campesino, admiramos la formidable actitud de estos hombres, su fe vigorosa, su constancia impertérrita, cualidades todas que nos merecen el mayor respeto y la más sincera admiración.

Ahora hemos visitado al sacerdote del lugar, y le hemos pedido que nos cuente, que nos diga cómo nació este San José Casas Caídas, cómo viven sus moradores, qué tradiciones más llamativas se guardan aquí, al amparo de este sol, de este aire puro, de esta fragancia de espigas en sazón.

El Padre Jesús Dávila con más de veinte años al frente de esta feligresía, no tiene en realidad datos muy seguros acerca de la fundación del pueblo, que hace cosa de un siglo, no fue más que una insignificante ranchería dependiente de Portezuelo, a unos kilómetros de distancia.

Dice el sacerdote que cuentan los mayores de una pugna que hubo aquí entre los habitantes de ésta con los de otra ranchería vecina; las cosas llegaron a mayores y un buen día aquéllos en enfurecida avalancha arremetieron contra éstos tirándoles sus pobres viviendas de adobe y terrado. Desde entonces fue éste San José Casas Caídas.

Como dato histórico más firme, nos da la sucesión de sacerdotes desde los finales del siglo pasado, mencionando a un Padre Ramón Cázares que en mil ochocientos noventa y cuatro venía todos los domingos desde Portezuelo y empezó a construir la gallarda y basilical iglesia primitiva de ladrillo. El 11 vino el Padre Jesús Valadez, el 16 el Padre Andrés Arias, el 19 el Padre Bruno Peña, el 22 el Padre Basilio Asencio, el 37 el Padre Salvador Santa Cruz, el 39 el Padre Gregorio Samaniego y desde el 49 el Padre Jesús Dávila que nos muestra una galería interesante con los retratos de los mencionados sacerdotes; fotografías por cierto bien logradas que merecen otro sitio que no el tejaban donde la lluvia y la tierra las tiene llenas de chorreaduras y de inmundicia.

En cuanto a costumbres curiosas de la región, nos refiere el Padre Dávila la afición de estas gentes a las carreras de caballos. Había una cierta forma de celebrar estas carreras que recibía el nombre de “Gallos”. Consistían en el arranque violento de un hombre a caballo, llevando en la mano algún objeto, una botella, una paloma, arreglada vistosamente con listones de colores; otro hombre se lanzaba tras de él para quitarle en la fuerza de la carrera aquel objeto.

La multitud se amontonaba llena de entusiasmo a presenciar el lance; había música, abundante licor, audacia y valentía, lujo y afán de presumir caballos de raza pura que abundan por estos rumbos.

Hoy, dice el Padre Dávila, se va acabando esto. Empedraron las calles y ya no hay la misma facilidad para las carreras. El gusto por los caballos ha venido a menos, de hecho poco se emplea ya el caballo como medio de trasporte o como auxiliar en las labores del campo. Ahora ha entrado la maquinaria agrícola y ya no hay quien no tenga una camioneta, muchos un tractor y otros implementos de labranza.

San José Casas Caídas quedó ahí con sus sembradíos, en la pujanza de sus hombres, el auge agrícola alcanzado bajo la asesoría de pasantes de la Escuela de Agricultura de la Universidad de Guadalajara que tienen aquí periodos establecidos de intensas prácticas.

Casas Caídas es el nombre, pero un ímpetu muy grande en sus hombres, un sueño, un ideal, un esfuerzo, que hemos visto ondear leve y suavísimo en los trigales a punto de la siega. Son los dedos del viento que “con el áureo pincel de la flor de la harina trazan sobre la tela azul del firmamento el misterio inmortal de la tierra divina”.

18 de Junio de 1978

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